jueves, 22 de febrero de 2018

IMITAR A LA TRINIDAD EN LA TIERRA EN EL SANTO MATRIMONIO


 HOMILÍA MATRIMONIO  IGLESIAS  MOHR  &  BÓRQUEZ   RABE  /  FEBRERO 2018

SACERDOTE JAIME HERRERA GONZÁLEZ


Una vocación dada por Dios.

Con inmensa alegría nos reunimos en este lugar dedicado al Santo Cristo. Una de las características del templo que nos acoge es que tiene una hermosa imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, la cual encierra un antiguo signo que representa a la Santísima Trinidad, lo cual nos hace preguntarnos qué relación hay entre José, María y Jesús con el misterio fundante de nuestra fe católica.

Por cierto, toda analogía en nuestro lenguaje es limitada. Toda comparación queda estrecha cuando se trata del ser íntimo de Dios mismo, mas –a pesar de toda consideración- en el medievo un teólogo designó a la Sagrada Familia como la “Trinidad en la tierra”, pues es tan sublime su misión, tan grande su amor, tan divina su cercanía que sólo es equiparable a la que existe desde toda la eternidad entre Dios Padre Hijo y Espíritu Santo.

Sin duda, aquella familia es el ícono de Dios que es amor, por ello,  cada nueva familia encuentra en la Trinidad Santa su origen, su camino y su destino permanente, lo cual hace que cada hombre y mujer,  que unen sus vidas en santo matrimonio, apoyados en la mano de la Divina Providencia, puedan seguir la aventura de una vida juntos con la seguridad que contarán con la gracia en el futuro.

Ambos se conocieron hace unos años…y descubrieron que había una afinidad en muchos aspectos, hasta el punto de decidir llegar a este lugar y a esta celebración. Pero, en  este discernimiento no han estado solos ni responde a un acto autónomo, porque han consultado a Dios respecto de la decisión, toda vez que no solo Él los creó de la nada sino que les confirió la vocación sublime al santo matrimonio.

Entonces, como novios que son –hasta ahora- saben que están cumpliendo un designio, que involucra al Señor mismo, presente en la vida esponsal como su gestor principal.

En efecto, esta celebración litúrgica encierra la grandeza que vuestra opción es elevada a realidad sacramental por lo que siendo ambos los que se donan y reciben mutuamente, cuentan –a partir de hoy- con la bendición de Dios que hace posible vivir  en plenitud los fines y propiedades del santo matrimonio a  la luz de la fe.

Vocación a la santidad de vida.

PUERTO CLARO DE VALPARAÍSO CHILE

Bautizados tempranamente, ambos han ido conociendo más perfectamente a Cristo. Hace unos veinte años, como Capellán del Saint Peter’s School de nuestra ciudad,  tuve la oportunidad de confesar por primera vez y dar la sagrada comunión al novio, quien con alegría y fe acudió a Cristo, el Pan de Vida Eterna.

El Nuevo Testamento no ahorra detalles para invitar a los novios amantes a abrir el proyecto de vida a Jesucristo quien, explica y da sentido a todo el misterio de la vida humana desde su condición de perfecto Dios y hombre a la vez. Todo lo que con propiedad responde a la naturaleza humana tiene que ver con Aquel de cuyas manos un día ha salido y está llamado un día en sus manos retornar.

La llamada que han recibido está litúrgicamente manifestada por el hecho que han ingresado separadamente, mostrando con ello que hasta ahora han sido individualmente benditos por el Señor, mas concluida la celebración, saldrán juntos, con un mismo paso, un mismo sentir, una misma fe y un mismo gozo, porque al instante del mutuo consentimiento las almas serán fundidas por la bendición de Dios, según enseñó Nuestro Señor al momento de ser consultado sobre la indisolubilidad del vínculo matrimonial: “Ya no son dos sino que son uno solo”.

El matrimonio no es vínculo de dos individualidades, sino la unidad de dos almas por lo que a partir de hoy subsiste un proyecto de vida que incluye para siempre el “nosotros” y “lo nuestro”. 

Ciertamente en una sociedad donde el “yo” es endiosado, el carácter de pertenencia parece estar encerrado en las cuatro paredes de nuestra sola existencia, por lo que el individualismo conlleva a imponer los criterios, los gustos, y las opciones personales  sobre el resto.

En cambio, el santo matrimonio tiende a compartir, a complementar, a entregar…a salir del mundo encerrado del “yoisismo” y del “miismo” –perdonando la expresión- para asumir con el Evangelio en la mano que el camino para alcanzar la mutua bienaventuranza pasa por hacer feliz, por encontrar a quien el Señor ha puesto en este caminar,  como huella legible de la voluntad de Dios.

Cada esposo ha de ser -a partir de hoy-  un verdadero intérprete del amor de Dios, lo cual sólo es posible a la luz de la fe. Por esto recurren a los pies del altar, implorando por la unidad indisoluble de este  santo matrimonio.

Vocación a servir mutuamente.

CURA JAIME HERRERA

Para nadie es novedad que lo que ambos hacen hoy forma parte de una minoría. De cada tres parejas que viven juntas, sólo una de ellas llega a los altares. Por esto, como creyentes saben que no es un acto audaz ni meramente un formulismo social lo que estamos  realizando sino que responde  a la convicción de creyentes, que compartiendo un sincero amor a Dios, imploran su bendición para hacer de la vida venidera un acto de servicio en vistas a imitar a Jesucristo quien nos enseña que: “Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por los suyos”.

¿Qué implica dar la vida?  Eventualmente, no es hacerlo por el camino del martirio, sino por medio de la entrega permanente, aquella que no sobresale ni es destacada, sino que se desarrolla en la vida de cada día, que pasa como desapercibida a los ojos del mundo, que “despacito” como la canción que bailarán mas tarde, no delata grandeza  porque lo ofrece silente y  eficazmente a Dios que todo lo ve y todo lo conoce.

Una antigua plegaria, sacada de textos de santos, señala “Cristo no tiene manos…no tiene pies…no tiene voz…no tiene ojos…no tiene oídos…porque ha querido tener los tuyas”. Es una hermosa meditación que se puede aplicar a la vida que,  los novios…esposos en unos instantes, vivirán para siempre.

“Cristo no tiene manos”: Dice un antiguo refrán: “Una mano lava la otra”, para explicar la necesidad que tenemos unos de otros, y nadie parece ser tan insustituible o necesario. Pues bien, el matrimonio es de dos…no es lo mío,  lo tuyo, y lo de ellos, lo que importa –ahora- es lo nuestro,  para lo cual,  vuestras manos tan expresivas para entregar muestras de amistad, de fuerza, y de seguridad no olvidaran que ambos están llamados a ser uno para el otro una “caricia de Dios”.

“Cristo no tiene pies”: Una antiguo verso de Antonio Machado recuerda: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”. Los pies les llevan a recorrer muchos lugares, les permiten trasladarse,  percibiendo con ello que no pueden quedarse instalados en la vida, como pensando ya todo lo hemos hecho, ya todo lo hemos conocido. Cristo quiere llegar a muchas personas con vuestro caminar juntos hacia la santidad, por lo que el solo hecho de permanecer unidos constituye en sí un eficaz apostolado. El mejor apóstol de un matrimonio es otro matrimonio que se esfuerza por permanecer fieles sobre las dificultades.

“Cristo no tiene voz”: Aprendan a comunicarse todo lo que sienten, aquello que les agrada y les molesta, pues Cristo quiere hablar por medio vuestro no sólo a los que están a vuestro alrededor como verdaderos apóstoles sino para incentivar las buenas acciones, encender  los mejores propósitos y enmendar los eventuales  errores y pequeñeces. La corrección fraterna entre los esposos es tan necesaria como lo es en la vida al interior de los conventos, a fin de cuentas, ambos están igualmente consagrados y son primeramente pertenencia de Dios.

A este respecto no olviden preguntar, no actuar pensando por el otro, sino que el debido respeto se mostrará en la consideración oportuna y permanente que se tengan. El actual Sumo Pontífice aconsejando a los novios les decía hace unos años que preguntaran “¿puedo?” con el fin de no imponerse sobre el ser amado.

“Cristo no tiene ojos”: Procurarán estar atentos a las necesidades y gustos, esforzándose por anticiparse en consentir hasta en los más,  insignificantes detalles, ¡No los hay entre amantes! pues “la caridad es atenta”, y por lo tanto,  no sólo espera verse requerida o interpelada  sino que es diligente y hasta audaz en servir. Un conocido autor escribía: “El amor no consiste en mirar al otro, sino en mirar juntos lo mismo(“Tierra de Hombres”, Antoine de Saint-Exupéri, 1939).

“Cristo no tiene oídos”: En una sociedad “ruidosa”, más facilitadora al hablar que al escuchar, se suele  olvidar lo que la misma naturaleza indica: dos oídos para escuchar… una boca para hablar. Entonces, la sana complicidad exige que ambos conversen con frecuencia de lo divino y de lo humano, no cayendo en la superficialidad de la novedad,  sino abriendo la mirada y las palabras hacia la vida presente desde la perspectiva de la Bienaventuranza eterna a la cual están llamados.
Imploremos a la Sagrada familia de Nazaret por vuestra mutua fidelidad y felicidad para siempre.  ¡Que Viva Cristo Rey!


 

















jueves, 15 de febrero de 2018

EL RUIDO Y ACTIVISMO MATAN LA VIDA ESPIRITUAL


HOMILÍA MISA MIÉRCOLES DE CENIZAS AÑO 2018 / CICLO B

Un nuevo tiempo en nuestra liturgia.
Padre Jaime Herrera González

Al ingresar hoy a nuestro templo parroquial -de inmediato-  hemos percibido algunos cambios: El color morado es visible en los ornamentos del sacerdote, del ambón donde se proclama la palabra, del cubre-cáliz sobre la credencia, y en los altares laterales. Además, no se colocarán flores sobre el altar durante casi seis semanas, y  el canto del Gloria y del Aleluya se suprimen hasta la vigilia pascual.

Todo esto surge porque como miembros de la Iglesia iniciamos un tiempo litúrgico muy especial, que nos preparará durante cuarenta días  a la celebración del misterio central de nuestra fe: por medio de la Pasión vamos a la resurrección.

Nuestro Señor Jesús inició su ministerio público entrando al desierto. Aquel era un lugar evocador  para el pueblo israelita de la peregrinación que tuvieron que recorrer en medio de: fidelidades, incertidumbres, certezas, pecados y abandonos. Por la mañana confiados en el poder providente del Señor que hacia llover el ansiado “pan del cielo” (maná) se llenaban de esperanzas y gratitudes; mas,  por la tarde, al caer el día, surgían reclamaciones, murmuraciones, “copuchas” y “pelambres”…eran como bipolares espirituales…

Precisamente, allí donde el pueblo de Dios fue tentado durante cuarenta años,  allí está ahora  el Señor, para indicarnos el camino y los medios necesarios para vencer toda tentación, tal como lo hizo él ante la triple incursión del Maligno venciéndolo por la fuerza del Dios de la Palabra. Tres veces fue tentado, tres veces Jesús citó la Sagrada Escritura;  tres veces padeció, tres veces recurrió al nombre de su Padre; tres veces fue golpeado por la debilidad, tres veces acudió a la fuerza de la plegaria para salir victorioso. Pero la audacia del hombre orgulloso no parece tener límites, y renegando de lo que Cristo hizo y de lo que Cristo nos enseñó.

Ese es el camino que el Señor nos invita a recorrer y que necesitamos para purificarnos en nuestra subida a Jerusalén. ¡Vamos para allá! Pero el camino pasa por la huella de la penitencia, de la reparación y de  la oración incesante.

Necesidad de ser perdonados.

Aquí tomamos conciencia del valor del perdón de Dios que sobrepasa nuestro pecado. No nos engañemos: No fue (sólo)  Pilato, ni Caifás, ni los gritos del pueblo judío  los que provocaron el misterio del Calvario… Nuestros pecados son los que hicieron subir a Cristo a la Cruz, si bien se entrega por todos, es necesario que todos asumamos esta realidad en primera persona, tal como enseña el Apóstol San Pablo: “Jesús murió y se entregó por mi…a causa de mis pecados”.

Cuando en nuestra mano con el dedo acusador recriminamos a otro su pecado, olvidamos que hay tres dedos que se vuelven a nosotros: Por eso tres veces la liturgia repite en el acto penitencial: “Señor ten piedad” y “Cristo ten piedad”; luego,  tres veces invocamos “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo”, y tres veces antes de comulgar recordamos las palabras del oficial creyente: “Señor no soy digno”…

Esta Cuaresma nos invita a asumir nuestra culpa: ¡Nosotros crucificamos a Jesús con nuestros pecados e infidelidades!. Esa es la gravedad que para Dios Padre tiene nuestro pecado. Si Él lo tomó muy en serio ¿Por qué seremos tan superficiales  nosotros en esta materia?

Una y otra vez, cuantas veces sea necesario diremos: “valemos el precio de la sangre derramada por Jesús” (Hebreos IX, 11-15).

En la actualidad, al interior del mundo católico, hay ciertas corrientes teológicas y movimientos de Iglesia que tienden a licuar indebidamente las consecuencias del pecado humano pensando que el hombre no tiene capacidad de ofender a Dios. Se preguntan cómo una mísera creatura, la nada misma en relación al universo entero, podrá llegar a “ofender” a su Creador? Subyace de modo implícita la tentación de negar hasta la existencia misma del pecado original.

Con ello se anestesia la conciencia y  se encallece el alma, quedando como impermeabilizado al perdón del Cielo por la falseada humildad de desconocer lo que Dios no se privó en crear. No nos cansemos en desconocer cuál es la vocación que tenemos en este mundo. El hombre es un ser con capacidad de Dios…Dei capax”poco inferior a los ángeles”…”casi como dioses fuisteis creados”.

En efecto, constituidos como templos de Dios al ceder a la tentación nos transformamos, por el pecado en aquellos “sepulcros blanqueados” que nos habla la Santa Escritura. El pecado hiere a Dios y lo ofende, prueba de ello es que permitió misteriosamente que su Hijo unigénito subiera  al madero de la ignominia para transformarlo en árbol de vida verdadera.

Una liturgia para estar con Dios.

La Sagrada Liturgia como celebración de nuestra fe es basilar en la vida del creyente. El acto de ir a la Santa Misa, de comulgar, de confesarse, de confirmarse no tiene un carácter de adorno, puesto que son el encuentro con Jesucristo, cosa que en la Santa Misa se verifica de manera real y sustancial. En la liturgia se juega nuestra amistad y cercanía con Dios por eso tiene una importancia esencial, y la coloca como cima y fuente de la viuda del cristiano y de cada comunidad en cuya participación se realiza. Se es comunidad en virtud de la celebración de la liturgia, por lo que por medio de ella, los vínculos de cercanía se ven posibilitados y acrecentados.

En efecto, “la Iglesia hace Eucaristía, y la Eucaristía hace Iglesia”.

Más, la ausencia permanente, aunque no sea culposa ni consiente, termina  destruyendo  la vida comunitaria de la misma manera como la nula participación en la vida familiar termina difuminando la vida al interior  del hogar.


Por esto diremos que la liturgia del hogar tiene sus ritos propios. La familia conversa: El living o sala de estar, debe ser lugar para compartir, y de ser posible estar alejados de aquellos medios que no apunten a solidificar dicho encuentro. En tanto que aquellos medios de comunicación que sí permitan interactuar son no sólo legítimos sino hasta necesarios,  pero los que apunten a un diálogo  personal (y encriptado) cerrado como celulares y juegos individuales han de ser pospuestos para otras instancias.

El lugar y el tiempo dado para Dios son de Dios, por lo que no puede rivalizar con otros intereses y urgencias en nuestra vida. De manera semejante, El tiempo que damos a la familia es para la familia, y debe ser tenido como algo sagrado,  que requiere del esfuerzo de todos, porque todos tienen mucho que hacer, todos tienen amigos que atender, todos tienen deseos de diversión y afectos que atender, pero el tiempo de la familia es único, y debe ser custodiado como un bien precioso, como parte de una bendición recibida del mismo Dios.

Si orgullosamente decimos que hoy no necesitamos de nadie no podremos quejarnos mañana de no ser considerados por los demás. Quien descarta ahora será descartado después, y esto puede ocurrir al interior de la vida familiar, donde el desinterés manifiesto de la vida actual, en la cual cada uno vive su metro cuadrado, es una verdadera bomba de tiempo puesta en el centro de la sociedad, como es la familia.

La actitud discriminadora se muestra con toda su crudeza especialmente en razón de las edades que no se han  cumplido o sí se han cumplido…por años menos y años más se habla de mocoso o de viejo, revistiéndolo de un carácter de “inservible”. Así, se termina desechando fácilmente a los niños y jóvenes por la falta de experiencia o a los ancianos por su eventual exceso.

Desde una ideología utilitarista, en ocasiones las personas en la familia se evalúan por lo que sirven, en tanto que,  desde un arraigado materialismo,   sólo se les considera por lo que poseen. Hay afectos interesados que tienden a: usar al prójimo, a abusar de ellos y luego a dejarlos abandonados.

Donde hay poder, autonomía y  dinero rara vez no se dan actitudes abusivas. Muchas personas creen tener el mundo en sus manos por la sola conexión a internet en un celular o a un computador. Es importante tener presente que el  uso indiscriminado del celular en la vida familiar puede ocasionar un daño irreparable en el hogar a causa de un espíritu de disipación.

¿Se imaginan una persona que interrumpa a cada rato la conversación que tenemos con los padres, hijos y abuelos al interior del hogar? Sin duda lo tendríamos como entrometido, inoportuno, y desubicado.   Eso es lo que pasa al permitir el uso de celulares en la mesa familiar o en general, durante las conversaciones…o en una sala de clases…o un templo.  La hiperconectividad merma la interioridad. No se puede tener una vida espiritual…seria, creyente y creíble,  sin que existan momentos de intimidad con Dios y  de “confianza cómplice” con quienes son parte de nuestra vida familiar.

Debemos hacer una verdadera ascesis de purificación interior en esta materia, porque el ruido y el activismo están matando la vida espiritual y familiar, por lo tanto esta Cuaresma, procuraremos vivir nuestro desierto personal junto a Jesús, creciendo en oración, en espíritu de sacrificio y en la vivencia de la caridad fraterna. Que la Virgen Refugio del pecador y Compañía del Penitente  nos acompañe a lo largo de  este caminar cuaresmal. ¡Que Viva Cristo Rey!


   

CRISTO ME DEJÓ PREOCUPADO…Y OCUPADO


MARTES /SEXTA SEMANA / TIEMPO ORDINARIO / 2018

Queridos hermanos: Estamos celebrando nuestra Santa Misa correspondiente al día martes de la sexta semana del tiempo común, en la cual hemos conocido el Evangelio de las preguntas, pues, en los siete versículos que escuchamos se encierran siete preguntas realizadas por Jesús.

Quien hace pregunta desea algo de alguien. Hay interés. Se dice habitualmente que el hombre inteligente es más dado a preguntar que a  responder. En la vida me ha tocado conocer a personas brillantes que suelen tener un tono algo introvertido, silente y hasta misterioso. Y es que la búsqueda de la verdad y su eventual encuentro necesariamente van de la mano con el acto de la contemplación.

La pregunta quiere una respuesta e invita a un cambio de vida. Recuerdo el libro de un autor católico de los ochenta “Cristo me dejo preocupado” (Padre Zezinho). Me lo regalaron para la confirmación, solamente el titulo ya constituía en sí una invitación para cualquier joven…si,  aunque parezca tan lejano como increíble en 1980  era un joven quinceañero. Y aquel libro tenía la fuerza de presentar diversos desafíos y múltiples inquietudes que hacían pensar, cuestionarse,  respecto de muchas realidades y contingencias: ¿Qué he hecho?, ¿Qué haré? …¿Cómo?… ¿Dónde?

La certeza de tales cuestionamientos radicaba en que no podía seguir igual, en que la preocupación debía desembocar necesariamente en una ocupación, el problema exigía solución.  Y es lo que los apóstoles experimentaron este día ante las reiteradas preguntas que hace Nuestro Señor, quien dice de si mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, vinculando en las dos últimas palabras la verdad con el modo de vivir, es decir,  exhortando a una integridad, a una complementariedad en la cual,  lo que se vive vaya de la mano con lo que se cree.


Cuando se distancia la verdad de la vida,  nuestra alma pasa a deambular de un lugar a otro ante los simples estímulos de lo que no es capaz de trascender ni satisfacer plenamente la capacidad de bien, de verdad y de belleza que anida en el corazón hecho por Dios para lo grande, puesto que  fuimos “creados a su imagen y semejanza”.

Sin duda, al decir del Magisterio Pontificio de los últimos setenta años, el mayor mal del mundo contemporáneo es la escisión entre la fe y la vida, lo cual conlleva a un dualismo ético, moral y hasta espiritual que nace de la actitud de separar lo que se cree de lo que se vive, cosa tan absurda como pretender que nuestra alma camine por una vereda paralela a la de nuestro cuerpo.

Al aventurarse a liberar el alma de la verdad que es Cristo, se deja al desamparado el corazón humano, ahora  cautivo de ideologías, de consignas, de volátiles mayorías, y endiosadas redes sociales, por lo que,  si acaso no adecuamos oportuna y totalmente nuestra vida a lo que profesamos, terminaremos cediendo a la tentación de profesar lo que vivimos. Así,  o se vive como se cree o se cree lo que se vive, y éste es el camino al que conduce irremediablemente el abismo del progresismo.

Evitando ser mendigos de verdades  y novedades que ofrece la Babel moderna, los católicos, mas allá de épocas pretéritas o futuras, depositamos la certeza de la respuesta a tantas preguntas en la persona Jesucristo, quien en su condición de “Palabra definitiva del Padre”, es verdaderamente para todo tiempo: “El camino, la verdad y la vida”…!El mismo ayer, hoy y siempre!

Es bueno, por tanto que subsista en nuestros corazones, a lo largo de toda nuestra vida, la inquietud por profundizar en las verdades de nuestra fe católica, la cual,  sin falsos complejos ha de ser buscada, ha de ser descubierta y ha de ser manifestada como el mayor bien que para nosotros y los nuestros puede pasar a lo largo de la vida, es decir, una fe que nos involucre y permee cada uno de nuestros actos, palabras y acciones.

La reciente visita a nuestra Patria del Romano Pontífice para muchos era ocasión de recibir respuesta a tantas inquietudes que la prensa con avidez exacerbaba. Si hablaría de compartir el mar con el país de altiplano, si diría algo sobre la violencia en la novena región,  si respondería a las múltiples inquietudes de la región siguiente referente a sus desavenencias comunitarias que amenazaban con extenderse a todo el país.

En fin,  muchas respuestas se esperaban, más su visita estuvo marcada por la pregunta, por el desafío, por invitar a salir del ostracismo, del individualismo, de la ceguera de la humana pretensión de alzar una vida en un mundo que se construye al margen de Dios, cosa que por un tiempo puede hacerse…más,  tempranamente se desplomará sobre el hombre mismo y su falso modernismo.

La gracia de saber estar en el mundo sin ser parte de lo mundano requiere de un grado de fidelidad a los designios de Dios y a una creciente sintonía con sus mandamientos. La soberbia del primer pecado cometido por Adán y Eva fue desobedecer a Dios colocando su proyecto de vida, su manera de pensar su manera de vivir, sus gustos sobre el amplio margen de la libertad que Dios les había ofrecido: “pueden comer de todos”…menos de uno. Pero el Demonio los convenció de lo contrario tentándoles con una capciosa pregunta: “¿Verdad que Dios les prohibió  comer de todos los arboles del Paraíso?”

Hoy vemos la urgencia de centrar la vida personal y social en torno a quien tiene el poder y la bondad de abrogar la inventiva humana con el fin de aplicar en la vida cotidiana, cada una de las bienaventuranzas conducentes a alcanzar una vida propia de los hijos de Dios.

Aquella “levadura de los fariseos” y la “levadura de los herodianos”  representaban la desconfianza en las apariencias de unos y en los poderes de otros, toda vez que su autenticidad se fundaba en el orgullo. Sus almas estaban infladas de una fuerza que les impulsaba  a colocarse sobre el prójimo y a erigirse como falsos ídolos de unas verdades consensuadas.

Por eso Jesús llama la atención a sus discípulos: “Tienen oídos y no oyen, ojos y no ven”, cosa que nos puede pasar a cada uno si acaso no centramos el corazón en aquello que no pasa de moda, en lo que no se oxida ni corrompe como es el amor de Dios y el amor en Dios a los demás.

En este nuevo aniversario de defunción de nuestra hermana Rosa Pacheco Gil de Riffo, renovamos nuestra fe en el Dios de la promesa, que habló de una vez para siempre en la persona de Jesucristo, y nos invita, por medio de la Virgen María a colocar nuestra vida e intenciones en sus manos providentes.

Que el cariño desinteresado  y el cuidado lleno de delicadeza que cada uno recibió de nuestra recordada Laly, constituya una permanente invitación a seguir su ejemplo de vida en orden a fortalecer los lazos familiares y de sana amistad, en tiempos apremiantes que urgen del Cielo tantas bendiciones.

En el Corazón de la Virgen María, donde todos ocupamos un lugar y donde nadie sobra, nos abandonamos con la esperanza cierta que por quien hoy imploramos, prontamente interceda por cada uno en su presencia. ¡Que Viva Cristo Rey!

 



sábado, 10 de febrero de 2018

REZAR CON FE POR NUESTROS FIELES DIFUNTOS


 SEMANA V / TIEMPO ORDINARIO / CICLO B / MIÉRCOLES


La fe nos ha convocado a este hermoso templo dedicado a Nuestra Señora de Valvanera, la cual como sabemos remonta su devoción al Siglo XII cuando un malhechor conoció la oración que su futura víctima elevaba a la Virgen y decidió modificar su vida, para lo cual: rechazó la tentación, abandonó resueltamente el pecado, y  aceptó a Jesucristo como el camino definitivo de su vida. Desde ese momento su caminar tuvo sentido y  su vida se abrió hacia la verdadera  libertad.

En ese caminar la Virgen ocuparía un lugar preeminente, pues,   por indicación de un Ángel, el hombre que deseaba cambiar de vida debía ir hacia un  viejo roble  a cuyos pies encontró la hermosa imagen de Nuestra Señora, lo cual llenó de alegría y fortaleció la fe -hasta entonces debilitada- por una vida de pecado.

Todo esto aconteció por el poder de intercesión que tiene la oración del creyente, la cual fue enseñada por el mismo Señor cuando sus discípulos, al verlo reiteradamente orar en silencio y a solas, le pidieron “enséñanos a orar como Tú lo haces” (San Lucas XI, 1).
No se trataba sólo de imitar un acto como lo hace un mimo, tampoco de reflejar una actitud como cuando lo vemos en un espejo. En este caso se trataba de “hacer lo que hizo Jesús”, es decir, repetir lo que sus ojos imploraban, lo que su mente discurría y lo que su corazón encerraba. Revestirse de los mismos sentimientos del Corazón de Jesús, que tanto nos ha amado y que tantas veces lo hemos postergado en nuestro tiempo y prioridades.

En efecto, en la infancia de nuestro hermano muchas veces ha de haber rezado en el antiguo templo del Colegio de los Sagrados Corazones en Valparaíso, cuya grandeza y belleza sobrecogen e iluminan a las almas más empedernidas y fortalecen a las más devotas. Ante la mirada de aquel niño y joven escolar destacaba la galería de numerosos santos policromados que adornaban el retablo recordando que sus imágenes estaban allí porque sólo alcanzaron la bienaventuranza eterna luego de haber crecido en el espíritu de oración. Ningún Santo ha llegado al Cielo sin haber tenido un acrecentado espíritu de oración. ¡El camino a la santidad pasa necesariamente por la oración!

Así lo vivieron los apóstoles de Jesús y las primeras comunidades de creyentes que permanecían unidos en oración y por la oración, lo cual les confería nuevas fuerzas para enfrentar el arduo desafío que implicaba el envío que Nuestro Señor les hizo: “Vayan al mundo entero enseñándoles a obedecer todo lo que Yo les he mandado, bautizándolos en el nombre del Padre,  del hijo y del Espíritu Santo”.

Sin rezar no se llega a ninguna parte buena…Así lo escribe San Alfonso María de Ligorio  cuando sentencia: "el que reza se salva, el que no reza se condena”, por lo cual,  vemos que el espíritu de oración es como un termómetro para nuestra vida espiritual.

Mas, esa oración ha de estar signada según las particulares vocaciones que el Señor nos haya dado, sea por el camino de la consagración sacerdotal y religiosa, o en la consagración por medio de la vida laical. En ambos casos, por la sola condición bautismal,  estamos convocados a las cumbres de la contemplación sin excepción.

Decía a sus feligreses un sacerdote –mártir- mexicano mientras arreciaba una durísima persecución en 1927: “En este tiempo el cielo sale más barato”, de algún modo,  podemos ver que la oración es como una “oferta” permanente para todo aquel  que anhela  firmemente ser santo.

Esto último es lo que hoy imploramos para el alma de nuestro hermano difunto por quien aplicamos esta Santa Misa. Que pueda ser contado entre los bienaventurados, habiendo recibido el premio por sus obras de mérito realizadas a lo largo de su vida y,  que la Virgen y su Ángel custodio,  habrán presentado ante su Hijo y Dios, de la manera más oportuna y eficaz a favor de aquella misericordia que siempre puede más, como también, habiendo experimentado el perdón  concedido desde el Cielo,  por medio de la confesión sacramental, de la Santa Extremaunción, de las múltiples oraciones elevadas por su eterno descanso y de tantos sacrificios hechos por el bien de su alma.

Sin duda el acto de rezar es el más eficaz y el que más gusta a Dios  luego de la partida de nuestros seres queridos. A este respecto, San Agustín de Hipona solía repetir: “Una lagrima se evapora, una flor se marchita, pero la oración del creyente no se seca ni marchita porque la recibe Dios mismo”.


Por tanto, valoremos la oración de intercesión que como creyentes hacemos hoy por nuestro hermano difunto en su primer aniversario, escuchando la doble promesa hecha por Jesús en orden a orar confiadamente: “Todo lo que pidan en mi nombre os será concedido” (San Juan XIV, 13) añadiendo luego que: “donde dos a mas se reúnan en mi nombre alii estaré Yo en medio suyo” (San Mateo XVIII, 20).  ¡Esto es promesa del Cielo! Son las mismas palabras del Señor quien no borra con el codo lo que promete: ¡Lo dijo, lo hizo!

El Salmo que acabamos de escuchar nos dice que “la salvación del justo viene del Señor”. Quien se refugia en su poder, en su bondad, y en su perdón obtiene sin duda misericordia. Por ello la oración que hacemos nace y se nutre en el acto de abandonarse plenamente en los designios de Dios, que siempre sabe más, perdona más y puede más. Esa confianza no es con “elástico”, sino que abarca todo lo que somos y tenemos, no quedando realidad alguna en nuestra vida de la cual el Señor no deje de dirigir cada uno de nuestros pasos.

Por tanto la oración confiada exige que sea el primer acto de bien hecho hacia nuestros difuntos, no como en ocasiones solemos escuchar “ahora solo queda rezar”, “ya nada se puede hacer”. El acto de orar debe estar en la vida de todo  creyente: al inicio como fuerza creadora que es; debe estar como impulso durante todo  nuestro peregrinar, y ha de estar al final como acto de gratitud y alabaza por todo lo que el Señor nos ha dado y por quien Él es. 

Por medio del Santo Evangelio de este día el Señor nos pide tener un corazón limpio, en el cual,  aniden los buenos deseos e intenciones, los altos propósitos de conversión sincera, como el anhelo de una vida santa para nosotros y para los demás,  recordando que estamos llamados por el Señor a ser verdaderos apóstoles, lo cual,  sólo se puede hacer si acaso se toma en serio el camino de la perfección,  toda vez que “el alma del apostolado es el apostolado del alma” (Juan Bautista Chautard), una de cuyas expresiones más preciadas por quienes han partido de este mundo y necesarias para quienes aún peregrinas en él, es la de rezar por el eterno descanso  de cada uno de  nuestros fieles difuntos.

Imploremos a Nuestra Señora de Valvarena que su manto proteja a nuestro hermano en este primer aniversario, y pueda recibir la invitación del verdadero Buen Pastor que dijo: “Venid bendito de mi Padre al lugar preparado para ti desde toda la Eternidad” (San Mateo XXV, 34).   ¡Que Viva Cristo Rey!