lunes, 2 de abril de 2018

“RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS”


SOLEMNIDAD DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR.

1.     “Surrexit enim sicut dixit” (San Mateo XXVIII, 5).

Los cuarenta días de cuaresma, en un tiempo eminentemente penitencial, dieron paso a la llegada triunfal del Señor a Jerusalén, donde los más pequeños habitantes de la cosmopolita ciudad recibieron al Señor reconociéndolo como el Mesías esperado. Tras cada uno de sus saludos se encerraba el reconocimiento al Hijo de David que viene en nombre del Señor nuestro Dios.

Con ello, implícitamente anunciaban lo que sus ojos veían: a Cristo, perfecto Dios y hombre que en la intimidad de un templo, al inicio de su predicación señaló con toda claridad: “Hoy se ha cumplido esta palabra”. Por lo que a las puertas de Jerusalén aquel día estaban junto a los pequeños y sencillos, una multitud de enfermos, endemoniados, y pecadores, que a lo largo de los tres años de la vida pública de Jesús habían sido plenamente restablecidos en su grandeza y dignidad.

En efecto, creados “imagen y semejanza de Dios” como consecuencia del pecado original, muchas generaciones habían alzado un mundo que paulatinamente se había alejado de su Creador y Dios. Cada vez más hondamente la denominada “ciudad de los hombres”, que hoy llamaríamos ciudadanía, había ido dando la espalda a los designios y mandamientos de Dios, hasta que, en la plenitud de los tiempos, “el Verbo se hizo carme y habitó entre nosotros”.

Al inicio de nuestra Semana Mayor, como aquellos que recibieron y a quienes sanó de sus dolencias,  pudieron ingresar, fuimos convocados a participar de cada acontecimiento, que encerraba un aroma de eternidad, de vida sobrenatural y de insondable misterio, con lo cual fuimos experimentando la maravilla de ser partícipes en primera persona de cada momento descrito en los santos evangelios,  no ya como ajenos y lejanos espectadores,  sino –ahora- como testigos y protagonistas de lo que fue sucediendo.

PADRE JAIME HERRERA/ CARDENAL JORGE MEDINA

Por cierto, lo que el Señor hizo lo realizó por cada uno de nosotros: “Me amo y se entregó por mí”. Al mirar los signos de su realeza diversa de las de este mundo como fueron su corona, los tres clavos, la lanza que traspasó su Sagrado Corazón, el manto de purpura sanguíneo que cubrió todo su cuerpo, se pudo descubrir que realmente Cristo “nos amó hasta el extremo”.
No se trata de detenerse en  las actitudes de aquellos que estaban alrededor de los hechos el viernes y sábado: Un discípulo cercano que por treinta monedas vendió al Señor para obtener su condenación en el infierno; un pusilánime Simón Pedro cuya voluntad gelatinosa renegó contumazmente de Cristo en tres oportunidad, nueve discípulos que declaraban morir por el Señor ahora sepultaban dichas promesas entre los recovecos de la ciudad; empoderados  servidores públicos que aplicaban indultos injustos a Barrabás y condenas cobardes a Jesucristo; una ciudadanía vociferante en la cual sepultada la virtud florecía lo peor de cada uno, nivelando para abajo y no para arriba.

Todo esto es un llamado a cada uno de los que ahora, en esta Noche santa, celebramos la Madre de las Vigilias, en la cual entramos por otra puerta.
El domingo pasado por la puerta que se abrió para que ingresara Jesús camino a la Cruz; ahora la puerta de un sepulcro que se abre para que entremos en el misterio de Jesús ya Resucitado.

Sin duda, la resurrección gloriosa de Cristo es fundamental para interpretar toda su vida, y es –además- el fundamento de nuestra fe, puesto que sin aquella manifestación de la divinidad y de su humanidad, vana habría quedado nuestra fe, puesto que en ella, tenemos la certeza de la posibilidad, de nuestra futura Vida Eterna, junto al amor de Dios en el Cielo. Por tanto, esta fiesta de Pascua de Resurrección es la fiesta de nuestra Redención.

En la misma debilidad humano de los testigos de la resurrección esta iniciada como un icono perfecto, la certeza de la presencia del Señor ya resucitado. Hemos visto que eran tan simples, tan desprovistos de los poderes y capacidades de la cultura actual, tan circunscritos al ámbito que vivían diariamente…nada de “conocer el mundo”…”nada de espíritus cosmopolitas”…”nada de muy versados”.
Y,  anclaron su certeza en testimoniar lo que aconteció un día como hoy a estas mismas horas: Un sepulcro vacío pregonaba al mundo entero que realmente la vida, la gracia, la fidelidad, habían vencido el poder hasta entonces aparentemente total de la muerte, había nutrido cada fibra del alma con el poder venido de lo alto, y daba sentido a quien focalizaba su existencia en el poder del Señor.
  
En efecto, se cumplió lo que nos enseña el Apóstol San Pablo: “Sólo cuando soy débil entonces soy fuerte”, certeza ante la cual el incrédulo como el creyente pueden constatar que aquella Iglesia , fundada por el Señor, luego del misterio de la resurrección, se ha ido expandiendo a través de los siglos, y filtrado en cada sociedad, por todo el mundo, en sus estructuras y realidades más diversas en virtud de la unidad de la fe fortalecida en este día santo, que ilumina la noche más oscura con una claridad que no tiene ocaso.

Como la luz que emana de nuestro cirio pascual parece impregnar cada rincón de nuestro templo, de la misma manera de verdad de Cristo, de la cual nuestra Iglesia es garante y servidora fiel, ha de ser irradiada de palabra y acción por cada uno de nosotros, llamados a ser testigos del resucitado en medio de nuestro mundo.

Quizás, como los apóstoles humanamente constatemos lo limitado de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades, de las virtudes y los talentos. Y, es así probablemente. Mas, nuestros poderes, nuestras certezas, nuestras convicciones no están sujetas a los requerimientos mundanos ni son validados por las eventuales aprobaciones de las mayorías siempre mutables. Nuestras rodillas y nuestras conciencias sólo se han de doblar ante Jesucristo y sus enseñanzas dadas en la consonancia bimilenaria de su santo magisterio.


                                                                            SACERDOTE JAIME HERRERA


2.    “Cuando aún estaba oscuro” (San Juan XX, 1).

Enseña el Papa San León Magno que Jesús como buen hijo y fiel amigo “se apresuró a resucitar ¡cuánto antes! Porque tenía prisa en consolar a su madre y a sus discípulos: estuvo en el sepulcro, solamente los días necesarios para cumplir las antiguas profesáis”. Resucitó al tercer día, pero destaca el evangelista que aconteció “al amanecer”. Por cierto, los hijos conocen mejor que nadie las necesidades de quien los trajo al mundo, y una madre sabe perfectamente las necesidades de sus hijos. En consecuencia, no ha de extrañarnos que Jesús tuviese esta delicadeza hacia cada uno de sus seres queridos. Había mostrado una caridad diligente ante la viuda de Naim; había demostrado afecto y tristeza ante la partida de su amigo Lázaro en Betania; había llorado por el futuro de su Patria…ante ello, nos debemos preguntar:

¿Qué haría Cristo hoy en nuestro lugar? ¿Seremos capaces de tener una diligencia similar a la que tuvo hacia su familia y amistades? ¿Tenemos el cuidado atento de ir donde los conocidos y cercanos que están pasando por alguna dificultad espiritual o material?

Saquemos como propósito, que al inicio del Año Eucarístico Nacional, como fruto de estos días de resurrección, tengamos una presteza afectiva y efectiva, hacia padres, hermanos, abuelos, primos, y amistades.

Que ellos no dejen de ver en cada uno de nosotros, el ideal del bautismo hecho presencia eficaz en el mundo, en los pequeños pero importantes momentos de la vida diaria; busquemos a la luz de lo que Dios nos pida, los instantes propicios para asumir con propiedad nuestra identidad, cual es: “ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.

No tenemos otro camino: o de la luz o de la oscuridad, de la vida o de la muerte, de la gracia o del pecado. Ante el resucitado no caben medias tintas ni corazones divididos…De Diosa o del mundo.

3.    Instaurare omnia in Christo (Eph.I, 10).

Ante el mundo que vive de apariencias; ante el mundo donde los valores son invertidos; ante el mundo donde la fe es recortada y mutilada…el misterio de la Resurrección de Cristo nos invita a colocar al Señor en las entrañas mismas de todas las cosas.

Dice un antiguo canto que hemos entonado en este tiempo: “A Dios queremos en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar”. Hoy, el Señor nos pide mirarlo a Él de frente y procurar fielmente caminar junto a Él.

Y, así en medio de una sociedad que presenta leyes que violan los mandamientos de Dios y mancillan el orden natural con sus imposiciones decimos: “A Dios queremos en nuestras leyes”.

Ante la secularización de la sociedad, antaño mayoritariamente confesional hoy ampliamente paganizada, queremos una educación valórica, moral y religiosa que respete a Dios y al prójimo, procurando que en nuestras universidades sean el cultivo de quienes defiendan la vida desde su concepción y eviten promocionar silencio de los inocentes por nacer, decimos: “A Dios queremos en las escuelas”.

En medio de una sociedad que permite legalmente el suicidio de sí misma, al favorecer la propagación de lo que Juan Pablo II denominó “el cáncer de vida hogareña”, decimos: “A Dios queremos en la familia”.

Imploremos a Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, que la alegría de esta Noche Santa se multiplique a tantos lugares donde el dolor e incertidumbre parecen haberse apoderado de naciones enteras. Sólo Cristo Vivo puede cambiar el sentido de una lágrima de dolor en fuente inagotable de felicidad. ¡Que Viva Cristo Rey!
 

SACERDOTE JAIME HERRERA



No hay comentarios:

Publicar un comentario